Dios no se limita ni actúa como esperamos

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El le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado.
1 Reyes 19:11-12

DIOS NO SIEMPRE ESTÁ DONDE PENSAMOS

Nuestras expectativas equivocadas crean barreras que no nos permiten ver lo que Dios está haciendo, dudamos que sea él porque esperamos que actúe como lo hizo en el pasado ¡Pero el Señor no se limita!

El Señor es siempre el mismo en su esencia, en su carácter y fidelidad, pero es creativo, hace nuevas todas las cosas. A veces como un poderoso viento que rompe montes, destruye las fortalezas en que confiábamos. Pero otras veces, como un terremoto nos sacude para hacernos reaccionar, pone a prueba nuestros cimientos, nos obliga a ver de qué estamos hechos y qué deberíamos cambiar. En otras oportunidades es fuego que quema la escoria, que prende una llama cuando estábamos fríos, enciende una pasión que se extiende como un bosque en llamas. Y en ocasiones, justo cuando esperábamos que se levante como guerrero a defendernos de las Jezabel que quieren vernos muertos, o quizás que nos destruya porque como Elías nos acobardamos y huimos, entonces no es nada de eso. Dios se presenta como un silbo apacible y delicado, con dulzura nos conforta, nos muestra el camino a seguir, nos dice dónde buscar un ayudante que continuará con nuestro trabajo.

La próxima vez que busques a Dios ¡sal fuera! No te pongas límites. No te quedes abajo, sube al monte, amplía tu visión. Dios es más grande de lo que podemos entender o imaginar. Deja que te sorprenda una vez más.

1 Reyes 19:1-3 y 19:11-18 NBV

Cuando Acab le contó a Jezabel lo que había hecho Elías, y cómo había dado muerte a los profetas de Baal, ella le envió este mensaje a Elías: «¡Te juro por mis dioses, que mañana, a esta misma hora, tú serás hombre muerto! ¡Así como mataste a mis profetas, yo te mataré a ti!». Elías entonces huyó para salvar su vida.
(…)
―Sal y ponte delante de mí, en la montaña, pues voy a pasar por aquí —le dijo el Señor.
En ese momento, sopló un fuerte viento que azotó las montañas. Era tan terrible que hacía añicos las rocas y partía las montañas, pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto. Y después del terremoto hubo fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego se oyó un susurro suave y apacible. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y estuvo parado a la entrada de la cueva. Y una voz le preguntó:
―¿Por qué estás aquí, Elías?
Él respondió nuevamente:
―Siento un ardiente amor por ti, Dios Todopoderoso; me duele ver cómo el pueblo de Israel ha quebrantado el pacto contigo, ha derribado tus altares y ha dado muerte a tus profetas. ¡Sólo yo he quedado, y ahora están tratando de matarme a mí también!
El Señor le dijo:
―Regresa a Damasco, por el camino del desierto, y cuando llegues unge a Jazael para que sea rey de Siria. Luego unge a Jehú hijo de Nimsi, para que sea rey de Israel, y unge a Eliseo hijo de Safat, de Abel Mejolá, para que te reemplace como profeta mío. Quien escape de Jazael, Jehú lo matará, y los que escapen de Jehú, Eliseo los matará. Pero tienes que saber que aún quedan siete mil hombres en Israel que jamás se han inclinado ante Baal ni lo han adorado.