Adora a Dios en todas partes

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Hermanos subiendo por el Sendero a la Cruz, Esquel

Alzad vuestras manos al santuario, Salmos 134:2
Y bendecid a Jehová.
La foto salió borrosa por la escasa luz. Se aprecian los charcos de agua

Estaba de vacaciones en Esquel. Decidí subir al cerro para sacar fotos del atardecer. Al descender, casi de noche y en medio de una llovizna, veo dos hombres subiendo por el sendero. Me pareció curioso ¿a quién se le ocurriría a esa hora y lloviendo subir a la montaña? No había luces, no había casas.

Entonces uno levanta las manos y sentí esa calidez que solo el Espíritu puede hacernos sentir. Levanté una mano a modo de saludo y escuché un grito: ¡Gloria a Dios! Cuando nos encontramos me contaron que eran cristianos. Uno había subido a buscar leña, a su esposa le pareció raro, porque nunca iba tan tarde y se veía que iba a llover. Él le dijo que sentía que tenía que ir, así que fue. En el camino se encontró con un siervo de Dios que estaba de visita en la ciudad y había sentido unas ganas repentinas de ir al monte a orar. Ya se habían conocido el día anterior así que decidieron ir juntos. Cuando me vieron, le dijo: “Esa es una hija de Dios. Fijate voy a levantar los brazos para alabar a Dios y si nos saluda es que es creyente”.

Ahí, bajo la lluvia, en medio de la oscuridad creciente nos pusimos a cantar alabanzas y a orar. Compartimos nuestros testimonios y cuando decidimos bajar ya no se veía nada de nada. Alumbrados con los celulares bajamos hasta la ciudad. El hermano que vivía en Esquel nos invitó a su casa y allí le predicamos a su hija y yerno que hacía tiempo que no los visitaban pero justo fueron a verlos. La presencia de Dios se sintió poderosamente. Cantamos, oramos y lloramos por el toque del Espíritu Santo. Yo sentía que los conocía de toda la vida. Eso es lo que hace Dios cuando tenemos un corazón de adorador.