¿Quién quiere sentirse enojado, triste o temeroso? Realmente, nadie. Por eso probamos tantas soluciones: levantarnos el ánimo con distracciones y placeres, ocultar lo que sentimos con palabras positivas, evitar el miedo a que nos dejen persiguiendo con celos a nuestra pareja y si el temor es al futuro, tratando de ahorrar o consultando profetas (o adivinos).
Nada de eso funciona si no tenemos a Dios en primer lugar. Pero si su Espíritu nos llena, nos dará una esperanza tan grande que nos llenará completamente de alegría y paz. Y si estamos llenos, no habrá lugar para el enojo, el miedo, la tristeza…
