“Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí. Y vine a los cautivos en Tel-abib, que moraban junto al río Quebar, y me senté donde ellos estaban sentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos. Y aconteció que al cabo de los siete días vino a mí palabra de Jehová”. Ezequiel 3:14-16 El Espíritu lo llevó, lo tenía con fuerza. Igual no supo qué hacer ni qué decir. Tuvo que esperar.

A veces hay que esperar

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El profeta Ezequiel estaba viviendo momentos difíciles. Eso lo llenaba de amargura e indignación. Pero no dejó de orar ni buscar la guía de Dios.

Entonces el Espíritu Santo lo levantó y lo sacó de ahí, agarrándolo fuerte de la mano. En otra versión dice así: “El poder de Dios me levantó y me sacó de allí, y yo me fui triste y amargado, mientras el Señor me agarraba fuertemente con su mano. Y llegué a Tel Abib, a orillas del río Quebar, donde vivían los israelitas desterrados, y durante siete días me quedé allí con ellos, sin saber qué hacer ni qué decir.” (Ezequiel 3:14-15 DHH).

¡Qué poder terrible! ¡El Señor lo levantó y lo llevó a otro lugar! Justo allí vivía gente del pueblo de Dios que había tenido que abandonar su tierra, gente que estaba sufriendo, gente que precisaba una palabra del Señor. Imagínense cuando vieron llegar al profeta volando: todos habrán ido a ver y escuchar lo que tenía que decir ¡Pero él no tenía ni idea de lo que hacer o decir! Estaba atónito, confundido. Tuvo que esperar siete días hasta que llegó palabra de Jehová.

A veces Dios nos toca con su Espíritu. Sentimos su presencia poderosa. Nos llenamos con su celo, queremos ver creyentes comprometidos, hacer retroceder al enemigo, sanar enfermos, libertar a los oprimidos por el diablo ¡Tantas cosas que también Dios quiere! Incluso puede ser que el Señor nos muestre a quiénes ir. ¡Pero no pasa nada! Estamos bien delante de Dios, estamos llenos del Espíritu Santo, estamos en el lugar correcto ¡y entonces por qué no pasa nada!

Dios nos hace esperar. Y nos quedamos allí sentados con los que sufren, mirándolos impotentes. Porque nosotros no podemos darles lo que necesitan. Solo el Señor puede hacerlo. Mientras esperamos nos hacemos conscientes de que sin Dios nada somos. Solo él merece gloria, porque el poder viene de él. Todo lo que hacemos es por su misericordia. Cuando lo entendemos, nos humillamos y lo buscamos en oración, entonces Él viene y nos da la palabra que tanto esperábamos.

 “Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí. Y vine a los cautivos en Tel-abib, que moraban junto al río Quebar, y me senté donde ellos estaban sentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos. Y aconteció que al cabo de los siete días vino a mí palabra de Jehová”. Ezequiel 3:14-16

El Espíritu lo llevó, lo tenía con fuerza. Igual no supo qué hacer ni qué decir. Tuvo que esperar.

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